Agujetas en el alma
Hundidos los
hombros por el peso de las décadas,
las telarañas
de los años trabando movimientos,
esas pestañas
vagas y pesadas que cuestan abrir,
esos pies
cosidos a las losas, agotador de sobrepasar,
ni la sangre alterada
ni nueva ni efervescente de un mes de abril.
Con el
corazón embriagado y cansino de tanto latir,
una montaña
de un grano de arena y un horizonte infinito de conseguir,
tareas
cotidianas, monótonas, homogéneas, empresa difícil de digerir,
tiempos de
bajar las espadas, qué ya no saben luchar ni blandir,
momento de
recogimiento, descanso ,de reflexión, a la espera de un porvenir.
Esas
decepciones afiladas y cortantes,
envenenadas
de ilusiones y alegría y felicidad,
que acaban
por rajar sueños,
dejando
supurar y derramar tan anhelados deseos,
hasta
herirlas de muerte y dejarlas sin continuidad.
Los
pensamientos revolotean sin rumbo,
las emociones
explotan sin detonaciones,
los
sentimientos hierven sin lumbre,
un cruce de
caminos levitando en el espacio,
un futuro
gris, a oscuras y lúgubre se husmea.
Y ese cuerpo
adolorido y machacado y oxidado,
que ya no
recuerda la gracia de exuberantes movimientos,
como el hogar
abandonado, desarmado y deshabitado,
de ventanas
rotas, cajones bocabajo sembrados por el piso,
porque el
cuerpo la casa del alma, es su cometido.
Sentado en la
butaca en una esquina,
hay que
permanecer paciente, sereno y dejar regenerar,
observando los
halos de luz entre las cortinas,
el aterrizar dócil
de las motas de polvo,
hasta que
asomen nuevos brotes de osadía por venerar.
José Ángel Castro Nogales ©
13/07/2022
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