Trabajador de
días interminables,
de los vastos
campos arables,
desde los
soles nacientes afables,
hasta esas
puestas solares evocables.
Los ríos de
tu frente corroboran,
y las arrugas
de tus manos conmemoran,
qué los
surcos de tu piel imploran,
esas cosechas
qué tus campos atesoran.
Y del duro trabajo
callado,
tras largos
lustros infravalorado,
a expensas de
ese intermediario amañado,
tu
supervivencia, un peligro acuciado.
No obstante,
vuelves a tus campos buen labriego,
danzando
entre zanjas para el riego,
agarrado a tu
azada con sosiego,
para hacer
crecer tus frutos sin trasiego.
Será tu amor
por la tierra,
magnetismo
que nunca entrecierra,
esa devoción
que te entierra,
en ese olor terruño
que jamás destierra.
Y con este
mundo casi parado,
tú al pie del
cañón deparado,
sin importarte
estar mal remunerado,
tú labrador,
eres nuestro único nutrimento amparado.
Millones de
gracias te damos,
y tu vital esfuerzo
alabamos,
por tus
alimentos que degustamos.
Querido agricultor,
cuánto te estimamos.
José Ángel Castro Nogales
05/04/20
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