Mi estimada Sierra,
mi querida
montaña,
en lontananza
te veo
con un largo
manto blanco a la espalda.
Tanta gana
tengo de sentirte,
de olerte,
de trotarte,
de tentarte,
¡Oh Sierra
mía!
Mas se me
eriza el vello,
se me
encartonan las manos,
se me
solidifican los pies,
viéndote
arropada de tu recio abrigo blanco de invierno,
de la cabeza
a los pies.
¡Ay Sierra!
Esperando a
que te desnudes,
de tus
blancos atuendos,
para encarnarme
de nuevo contigo,
con las
criaturillas de tus piernas,
con las
florecillas de tus lomas,
con las
caricias de tus vientos.
¡Oh Sierra
Nevada!
Eterna, firme
y con templanza,
abarcando
majestuosa toda la comarca,
en una
esquina el Veleta,
en la opuesta
la Alcazaba.
Y sobre mirando
soberbio por encima del resto don Mulhacén,
señor de las
alturas de la tierra de Iberias,
que nos
acecha noche y día sin infamias,
desde el
punto más lejano de los suelos de la antigua Hispania.
¡Mi estimada
Sierra Nevada!
Imponente te continúo
viendo,
desde el
Poniente Granadino,
dibujando
orgullosa y bien erguida,
tu ciclópea silueta
con aires de fantasía,
cada vez que
regreso de Huétor Tájar a Villanueva Mesía.
José Ángel
Castro Nogales
Villanueva
Mesía, Granada
04/02/2020
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