Te miro y no te veo,
no te veo pero te intuyo,
perspicaz e inquieta,
fingida entre la densa bruma,
escondida tras la espesa niebla.
Porqué sé que estás ahí,
plantada en algún lugar de ese espacio,
pues escucho el vocerío de tus gritos,
qué me claman una y otra vez hacia tu regazo.
Te vi y no me enamoré,
por las arrugas de tus laderas,
por los hocicudos de tus arroyos,
por tus recovecos tan lampiños,
por lo laberíntico de tus veredas.
Y me insistías de nuevo…
Y hubo una segunda vez,
irradiado en la distancia,
por tu ya familiar calima,
recordando el arcano lenguaje de tus céfiros,
comprendiendo las brisas de tu dicha.
Y me volviste a insistir…
Y a la tercera vez caí en tu trampa,
¡Tú Sierra Bruja!
Cayendo en el pozo de tu conjuro,
mientras perseverantemente me insistías,
acabando en víctima de propia mi osadía.
Y escuchaba y re escuchaba,
el griterío de mi nombre,
sin desidia ni resentimientos,
a lo largo de tus puntos cardinales,
cabalgando a los lomos de tus vientos.
Desde lo alto de la Cruz de Periquete,
a las claras aguas del Charco del Negro,
atravesando con ímpetu la Cueva Horá,
vigorizadas vocecillas entre los lapiaces de Sierra Gorda,
para ser lanzadas de nuevo al Cerro de la Mina,
y bordear gentiles la Sierra Blanquilla.
Y a pesar de tus embustes,
pues sé que camuflas un mar de agua en tus entrañas,
noble te veo, tú Sierra pilla,
ofreciendo a tus criaturas,
abundantes charcos de agua,
con oasis de pinos que cobijan del frío y de la solana.
Y ahora soy yo quién te busca a ti…
Hechizado por tu idioma espino,
prisionero del magnetismo de tus calizas,
cautivado por tus incontables historias jurásicas,
que ven pasar el tiempo despacio y sin prisas.
José Ángel Castro Nogales
Sierra de Loja, Loja, Granada
11/02/20
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