Un veintiún
de febrero
volví a tus moradas,
demasiado
tiempo separado,
de mi enamorá
Sierra Nevada.
La nieve
impuso sus reglas,
a escasos
kilómetros de El Veleta,
plantado y
frustrado,
volví
impotente sobre mis andadas.
Luego
entendí,
qué por la
temperatura y las fechas,
y con lo
justo en los pies,
incluso
llegué demasiado alto,
no consciente
de ello proseguí agriado hacia abajo.
A pocos
metros de La Hoya de la Mora,
dudé en verla
y dudé en pararme,
pero un
murmullo a mis espaldas,
me obligó frenarme.
“¡Buen amigo!
Una foto de mí tienes que sacarme”.
Era la eterna
protectora de Sierra Nevada,
era La Virgen
de las Nieves,
que deseaba
retratarse.
Yo no sé
echar fotos señora Virgen y no me gustan demasiado.
Contesté
sensiblemente anonadado.
“No importa
buena gente. Ese no es mi objetivo.
No deseo que
me saques ni guapa ni esbelta.
Tan sólo quiero
que enmarques la base de mi santuario”.
“¿No te has
dado cuenta de que no estoy rodeada de nieve,
y todavía no
hemos llegado a marzo?”
Sí Virgencita
de la Sierra,
A más de dos
mil quinientos metros de altura,
Y ni una gota
de tu blanco manto.
¿Y qué
quieres que haga con la foto Virgen de las Nieves?
Si yo no creo
en dioses ni en diosas,
solamente creo
en el Sol, la Luna,
y las constelaciones y estrellas del espacio.
“Eso tampoco
importa hijo mío.
Lo que
importa es la voluntad,
tu énfasis
para mostrar al mundo el cómo está la Sierra,
qué un parque
nacional de nuestra hermosa Tierra,
en pleno
invierno no está del todo blanco”.
“Lo que sí te
pido es que extiendas nuestro encuentro,
para alertar
a las almas mundanas,
qué estamos
destruyendo nuestro hogar,
ahogando la biodiversidad
del planeta,
logrando una
insospechada crisis humanitaria”.
“Y que esta
noticia surque los cielos,
de los cinco
continentes,
qué el calentamiento
de nuestra Madre Tierra es inminente,
a la espera
de que caiga en alguna mano poderosa,
qué ponga
remedio a estos deshielos,
por el bien
de sus hijos, por la buenaventura de nuestros nietos”.
Le asentí con
la cabeza,
honesto y compasivo,
que eso mismo
haría,
con la charla
que habíamos tenido.
Y ni nos
despedimos…
Yo seguí
cuesta abajo cabizbajo y aturdido,
los ojos
sensiblemente aguados,
echando a
correr con mis cinco sentidos,
y con algo
que decir al resto del mundo,
de lo que me
había acontecido.
Tras de mi seguía
escuchando ese bisbiseo,
qué no eran
soplos de la Sierra,
ni vientos
del norte ni vientos del oeste que hieren,
sino qué era
el sonido de la Virgen,
eran los
sollozos de La Virgen de las Nieves.
José Ángel Castro Nogales
Sierra Nevada, Granada, España
Sierra Nevada, Granada, España
23/02/20
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