La pena sin pena, no es pena.
Pena qué me
invades,
pena qué me
avasallas,
¡Ay, penita
pena!
Mi pena, no
es de nadie.
Pena, qué te
cuelas entre mis sábanas,
qué te
acurrucas en mi almohada,
arisca del
sueño y de la duermevela,
qué me haces
vigía,
hasta las
luces del alba.
Pena, qué a
veces eres lobo con piel de cordero,
pues pareces comprensible y tierna,
esperando
oportuna para surgir de la nada,
y dar
preciso estacazo en mitad del alma.
¡Ay penita
pena!
Qué eres mero
desengaño,
cómo ese
amor no correspondido,
cómo ese
amor falso,
pena, eres
puro desencanto.
Pena, que
eres cómo el ave Fenix,
escondida en
las profundidades del cuerpo,
olvidada
tras los años,
para
reaparecer in situ, veloz, cómo la zancada de un galgo.
¡Pena, pena!
Qué me
apabullas,
qué me desorientas,
cómo un
barco a la deriva,
cómo un
albatros sin alas.
Leal y firme
eres en tu reino, pena mía,
difícil de
desterrarte,
imposible
dominarte,
cuán desearía
que fueras un chaquetón,
para en
cualquier momento poder colgarte.
¡Pena,
penita!
Qué te presentas sin llamarte,
con los
bolsillos llenos de recuerdos,
con la
mochila repleta de pesares,
harto complicado
tirar de todo ese lastre.
Pena, qué eres
cómo una caja de sorpresas,
rompiendo lazos
de sangre,
desgarrando canales
de amistad,
haciéndote eco
de tu retorno,
sin saber quién
fue antes.
La pena sin
pena, no es pena.
Pena qué me
invades,
pena qué me
avasallas,
¡Ay, penita
pena!
Mi pena no
es de nadie.
José Ángel Castro Nogales
11/01/2020
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