Ascensión, por cara norte, al pico Mulhacén de 3479 msnm. El “techo” de la península Ibérica. Ruta de 32,85 kilómetros con 2055 metros de desnivel positivo.



Cima del pico Mulhacén de 3479 msnm.

Monumento de la Virgen de las Nieves.





“Una vuelta de altura”

No. Ésta no va a ser una crónica deportiva más. Creo que ésta descripción va a ser una “Oda a la vida”. Habrá que leerla hasta el final para darse cuenta del ‘por qué’.
En cuanto supe que me iba de vacaciones a Villanueva Mesía, mi pueblo de Granada, a la tierra que me vio nacer, mi mente empezó a cavilar de inmediato, planeando ruta de montaña, ¡uhm! de alta montaña, de la misma Sierra Nevada, y, por qué no, llegar al mismísimo Mulhacén, la montaña más alta de la península Ibérica, con sus 3479 metros de altura sobre el nivel del mar.

Puesto que mi experiencia de montaña se podría decir que es más bien escasa; apenas hace tres añitos que empecé a correr y a hacer carreras de montaña y, teniendo en mente, que nunca había pasado de los 2500 metros de altitud en una carrera, y, qué solamente había hecho un par de rutas del GR-11 de la llamada ruta “Transpirenaica” con mi hermana María, la mayor de mis hermanas, y mi cuñado Trini, creo que no hay que adivinar mucho que iba a tirar para el monte, para la Sierra, al llegar a Granada.

Estuve investigando en Internet sobre la subida al Mulhacén. Vamos, que rápidamente descubrí cantidades ingentes de fotos, gentes, packs de senderismo por doquier. Parecía que, nada más estando físicamente medianamente bien, era un “hito” alcanzable para todos. Además, todas las Webs que hablaban de la subida, era por una misma cara de la montaña, sin apenas complicaciones alguna. Asimismo le pregunté a mi hermana María, que también la hizo y, mismamente, me confirmó que no era complicado, tan sólo me comentó de cierta dificultad para respirar, a causa del cierto escaseo de oxígeno debido a la altura.

Entonces me puse a buscar rutas de senderismo en “Wikiloc” del Mulhacén. Muchas eran de pocos kilómetros y pocos metros de desnivel, unos 12K y 900 m.D+. Para los que no son entendidos del montañismo, sólo explicar brevemente que la página de Wikiloc, es una página de rutas de senderismo, bicicleta, quads, 4x4 y trail running, vamos, todo tipo de rutas relacionadas con la montaña, y, totalmente gratis, adónde la gente cuelga los "tracks" de sus rutas realizadas. Pero cabe mentar también que, el baremo de dificultad es orientativo, ya que dependiendo del estado físico de cada persona, por ejemplo: para alguien quién empieza, cualquier ruta podría ser dificultosa y la categoriza como tal. Así que, te la descargas al GPS y después de realizarla uno, te dices: “¡Vaya, pues no era difícil apenas!”. O viceversa, alguien experimentado puede poner en el apartado de dificultad “fácil”. Y vas tú a hacerla y cuando la acabas ya le estás dando recuerdos para la familia…

En definitiva, que viendo lo visto, de poca dificultad técnica la tan deseada ascensión, busco una un poco más “entretenida”. ¡Uhm! Encuentro una interesante, son unos 25 kilómetros y 2000 metros de desnivel positivo. Era una ruta circular dónde se pasaba por el pico Mulhacén y el pico Veleta. El ‘tipo’ que colgó el “track” en Wikiloc puso que era de categoría “difícil”. Encuentro otra similar de unos 24 kms y mil y pico de desnivel positivo, que también me la descargo. Y ya por último, me bajo dos facilonas, que van directas al Mulhacén, de unos 12 kms y ochocientos y pico de metros de desnivel positivo, solamente de ida y vuelta.

Hala pues, llegó el día “D”. Llego al punto de salida, al aparcamiento de la Hoya de la Mora, ubicado en el complejo de la estación de esquí de Sierra Nevada, con las primeras luces del alba. Decidí ese lugar porque está a tan sólo poco más de una horita de casa, y había que pensar en la vuelta, ya que los otros puntos de partida más comunes suelen ser Capileira y Trévelez, que están situados en el corazón de las Alpujarras granadinas. Si bien, eso me queda a unas dos horas de Villanueva y, después de un “palicilla”, se puede hacer larga la vuelta.

Ya habían varios coches estacionados, con los maleteros abiertos y las gentes escogiendo los materiales necesarios para sus respectivas rutas. Y yo, más contento que una lechuga, pongo en el GPS el “track” más “entretenido” de los cuatro que llevaba: 25K, 2000 m.D+ y a pasar por el Mulhacén y el Veleta. ¡Yujuuuuuu!

Y comienzo a subir la montaña. Se ven varios senderos. Yo con los ojos pegados al GPS para no equivocarme a las primeras de cambio. Pero casi todos llevan al mismo sitio: “parriba”. A medida que voy subiendo más alto, a ritmo de crucero, sí que noto que respiro más rápido de lo habitual. Debe ser lo que me comentó mi hermana, falta de oxigenación en sangre por las alturas, ya que a partir de los 2000 metros de altura empieza a escasear la vegetación en general.

Ya me paro a sacar el móvil para echar fotos de las primeras vistas impresionantes de las montañas y de los algunos observatorios que están vigilantes permanentes del firmamento estelar. No soy de fotos. Pero estando dónde estaba, ¿cómo voy a dejar la oportunidad de echar fotos e inmortalizar el momento? También me hidrato y empiezo a tomar suplementos. Mientras me alimento, veo a los grupos de personas que se empiezan a esparcir por las diferentes rutas de la montaña. Y, en efecto, a los pocos metros ya veo que el GPS me desvía hacia un sendero que desciende por un lateral de la montaña.

Mientras desciendo, un grupito de senderistas me pregunta desde las alturas que si voy para el Mulhacén. Les contesto que sí, pero que voy siguiendo un “track” del Wikiloc. “¡Ah! Bien, nosotros también lo seguimos.” Me contestan. ¡Uhm! Deben de ser senderistas novatos, puesto que hay un montón de rutas en Wikiloc en dónde escoger. Me paro de nuevo a tirar más fotos y me cruzo con un par de senderistas, uno parecía conocedor del terreno, ya que le iba explicando al otro diferentes nombres de lugares de las montañas, al mismo tiempo que le apunta con su brazo y dedo índice extendido puntos sobre el horizonte. Luego me cruzo con otra pareja, parecían que eran un matrimonio, veterano, de unos cincuenta y largos, tal vez de sesenta y pocos años cada uno.

Después de una breve pausa, continúo descendiendo montaña abajo y abajo. Doy alcance al matrimonio y decido yo también preguntarles sobre la ruta que estoy pisando si va hacia el Mulhacén. Muy amablemente me contestan que sí, qué al llegar a un altiplano debo seguir recto y que debo pasar por varios puntos que yo obviamente desconozco. Eran buenos conocedores de la sierra. Al llegar al altiplano nos despedimos y me dicen la dirección a tomar. Ellos continúan descendiendo.
No obstante, a medida que camino, el GPS me indica que me estoy separando del sendero correcto. ¡Vaya! Pues me indica que debo continuar descendiendo. ¡Buff! Eso quiere decir que todo lo que baja, luego hay que subirlo. En fin, que vuelvo para atrás. Entonces me cruzo con el grupito que me preguntaban desde las alturas, si bien, ahora han parado a la otra pareja de senderistas que me crucé en primera instancia.

Y me dejo caer valle abajo. El matrimonio me divisa a unos pocos metros de distancia, ya que parece que estoy siguiendo sus mismos pasos. Les doy alcance de nuevo y continuamos juntos por el camino. Me avisan de que ese camino se va alejando bastante del Mulhacén, que hay que dar una buena vuelta si finalmente quiero llegar a él. Pero, yo también les advierto de que he venido a la sierra preparado, con buena cantidad de comida y bebida, dispuesto a pasar todo el día.

Entablamos conversación. Me dicen que son de Maracena, una localidad justo al ladito de Granada, solamente le separa una calle de la capital andaluza. Son muy buenos conocedores del terreno. Llevan largos años ‘pateando’ la sierra. Me comentan que habían hecho la gran ruta “La Integral de Sierra Nevada”, que son varios días recorriendo todos los tres miles de la sierra, hasta 15 cumbres, con jornadas de hasta 10 horas caminando y durmiendo por los varios refugios de la zona. ¡Uhm! Eso tiene que molar ‘cantiduvi’. Me informan también de otras cumbres míticas de la zona que rodean el Mulhacén, La Alcazaba, El Veleta… Y también mentan el nacimiento del río Genil que se origina por estas cumbres, concretamente desde la Laguna de la Mosca y de un pequeño hilo de agua que atraviesa las entrañas del enigmático Mulhacén.

¡Anda! Yo les digo que soy de Villanueva Mesía y que el río Genil pasa por mi pueblo. Los dos me miran de reojo, con una ceja más alta que la otra. Me continúan comentando nombres y lugares de la zona, hasta que no sé cómo sale el tema de que yo vivo en Tarragona, bueno, un pueblo de Tarragona llamado l’Espluga de Francolí. Los dos entonces me vuelven a mirar y me dibujan una leve sonrisa en sus bocas. “Ya decía yo que ese acento no era de Villanueva.” Me ratifica ella contundente.

Les cuento entonces que yo nací en Granada pero que con ocho años me fui para Tarragona. Y ella me cuenta que su caso fue al revés, que ella nació en Sabadell pero que con catorce años se vino a Granada. E, inevitablemente, surgió el tema político y la situación actual de Cataluña. ¡Ay, ay, ay, con la política! Y mira que he llegado a estar seducido por la política. Cuándo el concepto que tenía de ella era la de una batalla dialéctica e intelectual ‘de alturas’ por exponer y debatir tus ideales con tu semejante que piensa diferente. Y una vez le has derrotado con tus propuestas, estrategias y ardiles psíquicos, pues nada, a poner en marcha tan hábil ideología para exponerla y transformarla en un simple y puro servicio para con los ciudadanos, tanto para los que te han votado, como para los que no te han votado. ¡Y vaya chasco más grande me he llevado! Viendo lo que tenemos hoy y lo que hemos tenido en el pasado, sea del signo que sea, piense como piense o lleve el color que lleve, tras llegar a descubrir tanto fraude, tanto engaño…Y en éstas últimas fechas de tanto fanatismo y de tanta sin razón, ya sea por parte de los ‘españolistas’ o de los ‘catalanistas’, pues al fin y al cabo, son una misma cosa, pero, con vestidos de diferentes colores. En fin, que no me ha gustado lo que he visto, no me gusta lo que veo, y, parece, que tampoco me va a gustar lo que voy a ver… O sea, que ya no creo ni me guste la política. Punto y aparte.

Y seguimos descendiendo…. De vez en cuando nos vemos forzados a hacer ‘paradiñas’, ya que perdemos el rastro del sendero. Los desprendimientos de piedras y rocas son una constante en la alta montaña y borran de un plumazo los caminos. Y el matrimonio me dice entonces que realmente no se conocen el camino, que es la primera vez que pasan por allí. ¡Ups! Bueno, yo llevo el GPS y nos es de gran ayuda.

Por fin dejamos de descender. Ya viene el tramo de subida. Antes me paro para descansar un poco y comer tranquilamente, pues empiezo a intuir que el día va a ser largo. Me despido de la pareja. Orino. Me siento en una roca y me como un sándwich de pan sin gluten con nocilla y bebo isotónico y un poco de agua. Echo un vistazo al bonito valle y empiezo a subir la ladera de la montaña. ¡Caramba! Está bien empinada. Vuelvo a jadear con cierta intensidad. Debe ser todavía cosas de la altura. Así que poco a poco y buena letra…

Llegando ya a lo alto de la primera montaña, atisbo al matrimonio que no va lejos de mi posición, aunque parece que habían tomado otro camino. Nos volvemos a reunir en lo alto de la montaña. Allí se antoja una pequeña ruina. Me dicen que era un mirador. Ahora no recuerdo el nombre. Se ven valles y más valles de gran altura. El fondo del valle en el que nos encontrábamos me apuntan de que era un antiguo glaciar, sin embargo, con el tema del cambio climático, se estaba derritiendo mucha nieve. Pero también me dijeron que parecía que los científicos habían descubierto recientemente glaciares en el interior de la montaña, que todavía lo estaban investigando. No obstante, todavía no llegamos a ver el Mulhacén. “El Mulhacén está detrás de la otra montaña. Primero pasaremos unos lagos y al final del otro valle ya veremos el Mulhacén.” Me indican.

Durante la bajada, ella ya tiene hambre y quiere comerse un plátano. Aprovechan para comer, beber y descansar. Y nos volvemos a separar, esta vez ya sería para siempre. Nos despedimos nuevamente.

Llego a la zona de los lagos. ¡Precioso! Concretamente a la Laguna de la Mosca, un complejo natural de 4 lagunas de diferentes tamaños en la que una de ellas tiene a sus pies un gran bloque de hielo permanente, por el momento, puesto que por la época estival, se empecina en rellenar gota a gota la laguna que le aguarda a sus pies.

Relleno una de las botellas de agua pura y fresca. Menos mal que la rellené, ya que al final del día llegué justo también de agua. Y me dispongo a atravesar el último lomo de la montaña que me presentaría al imponente Mulhacén. Antes, en una ‘paradiña’, eché un ojo atrás, para ver si veía a mis amigos caminantes. Sí, los divisé a lo lejos. Deberían estar a un kilómetro o kilómetro y medio de distancia. Tuve la sensación de que también ellos estaban parados y mirándome. Me di la media vuelta y continué con mi ascensión con paso lento pero firme.

Al llegar a la cima de la ladera, vi majestuoso, por fin, el pico Mulhacén, que me quedaba a la derecha, ya parecía que lo tenía a tiro de piedra. A la izquierda, también impresionante, estaba el otro pico mítico, La Alcazaba. Y me quedé fijado al frente, justo al horizonte, en la mitad de la cresta entre los dos formidables picos. Atisbé en lo alto de la cresta un grupo de personas que pretendían descender por allí. “Esos no podrán bajar por esa pendiente. 

Imposible bajar. Subir no lo sé. Pero bajar seguro que no.” Me dije. ¡Buenooooo! Pedazo de pendiente tenía delante de mis narices. Según el “track” del GPS tenía que subir precisamente por el medio.¡Uff! Yo no sabía si sería capaz de subir por tamaña pendiente y altura de montaña. Me quedé unos momentos, tal vez minutos, observando, meditando, interiorizando ese último esfuerzo, ese último ataque a la montaña para conquistar el pico más alto de la región de Iberia.

Volví a descender a la planicie del valle. A la derecha, me percaté del pequeño gran chorro de agua que manaba de entre la pared norte del pico Mulhacén. ¡Bingo! Ése deber ser, sin duda alguna, el hilo de agua que da nacimiento al río Genil.

Justo antes de llegar a la base de la planicie, eché un último vistazo a la pendiente de enfrente que debería subir en unos minutos. Escaneaba, achicando los ojos y agudizando la vista al grupo de osados montañeros que intentaban descender por esa parte de la montaña. Habían conseguido descender unos metros. Si bien estaban detenidos. Parecían que no se movían ni para adelante ni para atrás. Grabé su corto recorrido en la memoria, para, en caso de que continuaran descendiendo, optar por seguir su mismo camino.
Entonces miré la hora, miré la montaña y, de repente, pareció que se alinearon los astros para que descansara, comiera y bebiera. Toqué el fondo del valle y me coloqué justo en medio de una hondonada, entre unas piedras. He aterrizado en la “Hoya del Mulhacén”. Me quité los guantes, el Buff, la gorra y el cortavientos, puesto que al no tener viento que me golpeara, los rayos del Sol calentaban bien.

Saqué un “tupper” con mi ensalada con frutos del bosque, tofu, alubias rojas, garbanzos, remolacha, espárragos, aguacate y otro tipo de productos de los vergeles que nos otorga la madre Tierra. Fantástica fuente de hidratación y refrescante, aparte de aportar vitaminas, minerales, proteínas, hidratos de carbono y la de actuar como depurativa, desintoxicante y diurética para ayudar a regular la función intestinal y también resulta que protege nuestra piel.

Luego extraje otro “tupper”, éste más pequeñito, repleto de frutos secos, para degustar albaricoques secos, dátiles, ciruelas secas, arándanos deshidratados, uvas pasas, nueces, avellanas y almendras tostadas. Fenomenal carga de calorías, magnesio, fósforo, potasio, calcio, hierro y oligoelementos como el zinc y el selenio con propiedades antioxidantes. Además de su gran aporte vitamínico, proteína vegetal, fibra y grasas naturales saludables.
Pasaría entre bocado y bocado una media horita bien larga. Comencé a recoger los enseres que había sacado de la mochila y los fui colocando todo en su sitio. Me puse en pie. Oteé de nuevo a lo alto de la cima en busca del grupo de senderistas, pero, no había ni rastro de ellos. Ya decía yo que no era posible bajar por allí. Escaneé rápidamente la vertiente por adónde iba a subir. Eché un último trago de isotónico y otro de agua. Acabé de colocar las cosas en la mochila y me recoloqué las ropas que me había desquitado. Y eso es lo bueno que tiene las comidas buenas y ricas y saludables, que en cuestión de nada te permiten ponerte en marcha de nuevo, al no tener que dedicarse el metabolismo a realizar una digestión laboriosa y pesada.

Pues hala… “¡Al ataquerrrr!”… Encaro la falda de la montaña y empiezo a subir el primer tramo de rampa, siendo guiado, todavía fielmente, por el GPS. Escucho voces, claras, de gente hablar. ¡Uhm! Supongo que será cosa del eco, ya que me paro un par de veces. Miro a las alturas. Si bien no veo a nadie. Tenía la sensación de que no estaban a demasiada altura. Los escuché varias veces. Parecían como si caminasen sobre un sendero que atravesaba todo el lomo de la montaña, la parte más rocosa, por mi costado derecho, justo por encima del chorro de agua del nacimiento del Genil. ¡Ladys y gentelmen! Os presento el complicado y dificultoso y técnico paso del “Vasar del Mulhacén”.

Sigo para arriba. Con más pendiente. Ya empiezo a caminar lento, dando pasitos cortitos, aunque continúo erguido. El track del GPS me indica que debo cambiar al costado izquierdo de la rampa de la subida. O al menos, es por dónde subió el tipo del “track”. Observo minuciosamente. Veo trazas de un sendero que, efectivamente, sube por el lado izquierdo de la montaña. Sin embargo, se pierde de seguida el sendero a causa de los desprendimientos. Veo mucha piedra y arena suelta. ¡Uhm! No lo tengo claro. Así que decido continuar subiendo más bien por el medio de la pendiente.

Ascendí no sé, tal vez cincuenta metros, quizás cien, pero ya me era imposible mantenerme erguido. El peso de la mochila me hacía muy inestable. Me resbalaba. Así que, tuve que tirarme, literalmente, a la montaña. Opté por la forma cuadrúpede, o lo que coloquialmente se suele decir a “cuatro patas”. Subiría unos veinticinco metros, con enorme dificultad a causa de lo resbaladizo que estaba el terreno. Me veo obligado a detenerme para descansar. Me pongo de pie. Tengo que hacer algo de malabares para mantenerme erguido. El peso de la mochila no ayuda y, menos mal, que soplaba poquito viento, qué si no… Echo un rápido vistazo por debajo de mis pies. ¡Cáspita! La altura ya empieza a ser considerable. El vértigo comienza a hacer acto de presencia por mi sistema nervioso. Tomo la decisión de no mirar más hacia abajo. Pero sigo clavado en mitad del lomo de la montaña. Miro de nuevo el GPS que me indica que me decante hacia el margen izquierdo. Si bien no diviso ningún sendero. Miro hacia el lado derecho y veo una zona rocosa. ¡Catapúm! Me golpea mi instinto. Y me dice que tire hacia las rocas.

¡Uhm! Es lo que tiene el instinto de supervivencia. Tú “Ángel de la guarda”. Tú sentido común. Qué afortunadamente aparece cuando uno se ve en situaciones comprometidas. Señores y señoras; llámenle como quieran, pero yo en un santiamén me olvidé del “track” del GPS, del sendero y tiré al lado derecho de la montaña. Y sí, me fue fenomenal, ya que conseguí agarrarme firmemente a la pared de las rocas y pude avanzar, eso sí, ya asegurando cada simple movimiento de pies y manos.

Continué ascendiendo hasta que noté que las piedras bajo mis pies comenzaban a desprenderse y a rodar montaña abajo. Me paré un par de veces para descansar. Tenía algo de sed. No obstante, mantenerse en pie era ya una odisea, así que ni de “locos” el intentar quitarme la mochila de la espalda para coger la botella de agua y echar un trago. También intenté no mirar por debajo de mis pies. Sin embargo, era “casi” imposible no fijar la mirada adónde iba a colocar mi pie para asegurar la estabilidad de mi cuerpo, e, irremediablemente, lanzar una fugaz miradita por debajo a la tremenda rampa de la montaña. ¡Fiu! Menos mal. La niebla hizo acto de presencia y me impedía ver el fondo del valle. Así qué, genial. Ya no estaba tentado de ver a cuán altura estaba.

Viendo que mis movimientos volvían a ser muy inestables, mi instinto me comunicó ésta vez de que debía salir de esa zona. Miré el GPS, que me indicaba que el “track” continuaba por el margen izquierdo. Oteé ese lado y divisé una parte del sendero, incluso, unos metros más arriba, llegué a detectar un hito, también llamado mojón, que son esos montículos de piedras que los montañeros y senderistas van colocando a lo largo de los senderos para indicar a sus seguidores de que van por “buen camino”.

Miré arriba. Parecía que ya estaba bastante arriba, puesto que unos metros más allá, ya notaba que la inclinación de la falda de la montaña se hacía menos prominente. Y sí, también miré hacia abajo. Por suerte la niebla seguía a la misma altura de la montaña. Entre claros de la niebla, apenas vi que el fondo del valle, estaba muy fondo, bien fondo, vamos, fondísimo… Así que, antes de que el vértigo me bloquease mi sistema nervioso, aparté la mirada y eché la vista al costado izquierdo de la ladera.

Creo que el momento más peligroso de toda mi ascensión al Mulhacén, por la vertiente norte, fue cruzar ese tramo del margen derecho al costado izquierdo de la falda de la montaña. Todas las piedras, piedrecillas y arena estaban sueltas y muy resbaladizas. Clavaba un pie y me patinaba unos centímetros hacia abajo. Esperaba a que se me parase el pie, daba un par de achuchones para confirmar de que el pie no se me bajaría más a la hora de echar el peso del cuerpo a ese lado. Ora una mano y aplicaba la misma estratagema. Luego hacía lo mismo con las otras dos extremidades del otro lado de mi cuerpo. Fue lento. Fue costoso. Pero el primer y único objetivo, sin duda alguna, era mantenerme firme por el lomo de la montaña.

Al fin alcanzo el tan deseado margen izquierdo. Subo un pelín más y me paro sobre una piedra grandecita que me hace de sólida base para poder erguirme y mantenerme firme y seguro sobre la pendiente de la montaña. Necesito descansar. Necesito beber. Justo a un metro escaso de mí tengo el hito que me marca el camino. ¡Uff! Me siento seguro, así que, viendo que la fuerza del viento no era ningún impedimento, decido quitarme la mochila para poder echar un trago de agua y otro trago de isotónico. ¡Buff! Me lo he merecido.

Antes de arrancar de nuevo miro el GPS y detecto que estoy en “track”. Ya ni miro hacia abajo para ver los metros ascendidos ni lo que he salvado. No me importa. Lo que me importa es continuar hacia adelante. Sigo unos pocos metros más como cuadrupedante y entro de lleno en el sendero que avisto que llega derecho, sin interrupciones, hasta la cima de la montaña. Incluso ya me puedo poner en pie de nuevo. ¡Yujuuuu! Me detengo. Ahora sí que quiero ver lo que he ascendido. Pero, al estar bastante arriba, en una nueva inclinación de la montaña, ya apenas veo la niebla a unos metros de distancia por debajo de mí, lo que asimismo me impide ver el fondo del valle. Pues nada, ni fotos ni titubeos ni nada de nada. Lo que quiero es salir de la zona tan empinada.

Echo a andar senda para arriba. ¡Anda! Veo unos agujeritos sobre el terreno. Parecen recientes. Claro, eso son las marcas de los bastones del grupo de senderistas que detecté desde lo hondo del valle. Debieron de detenerse allí mismo. Ya decía yo que era imposible bajar por allí… Y continúo ascendiendo hasta la cima de la montaña y, en dónde me percato, a medida de que voy subiendo, de que allá arriba no se encuentra el pico Mulhacén, ya que veo que en la parte derecha se erigen unas enormes rocas y que suben y suben más arriba.

Y llego a la ‘ansiada’ cima de la montaña, que ahora sé que se llama "Collado de las Siete Lagunas". Miro al frente y veo un espectacular valle que le quita a uno el aliento. A los pies de la cima, o, más bien debería decir “cresta” observo un par de lagunas, son la “Laguna Tajos Coloraos” y algo más alejada la “Laguna del Borreguil”. ¡Jó! Y, efectivamente, todavía no he llegado al pico más alto de la península. Miro el GPS. ¡Vaya! Para mi sorpresa, me desvía hacia la izquierda. No es demasiada distancia a recorrer, debería ser un kilómetro o kilómetro y medio para llegar al pico de “La Alcazaba” de 3371 msnm. Miro la hora porque debo mentar que durante la ascensión perdí completamente la noción del tiempo. Eran sobre las cuatro de la tarde. Empiezo a calcular las horas de Sol que me quedan por delante y el recorrido que también todavía debo afrontar.

Nada, nada, desisto en alcanzar mi primer “gran pico”. Lo que me tira para atrás es la cresta, bien afilada y puntiaguda por adónde hay que pasar para llegar a La Alcazaba. Y, después, hay que volver. Además, todavía no sabía cuánto me quedaba para llegar al Mulhacén y, sin olvidarme, que también tenía que pasar por el pico Veleta de 3395 msnm.
Bebo un poco de agua y otro poco de isotónico y ¡hala! Para arriba. Comienzo a subir una fuerte pendiente, es corta pero empinada. Me tengo que poner de nuevo como cuadrúpede. Y aquí me lio un poco. El GPS me indica el lado izquierdo. Veo hitos y mojones a lo largo del sendero, el cuál, también está interrumpido por desprendimientos. Pero asimismo veo hitos sobre el margen derecho, también sobre un semi cortado sendero, en dónde parece de mejor acceso por las piedras y rocas que se aprecian.

Subo entonces por el costado izquierdo. A medida que voy ascendiendo, con notoria dificultad, adivino desde una cierta distancia que el “track” me tira por un fortísimo repecho, que va a dar con una larga pared de una enorme piedra y adónde no detecto ni sendero ni hitos ni mojones que continúen hacia esa “imposible” subida y complicadísimo itinerario. Además, el GPS, ya me estaba marcando que estaba fuera de ruta. Así que decido cruzar la pequeña falda de la montaña e investigar el margen derecho. Sí, en efecto, descubro que es de mejor caminar. Si bien a medida que asciendo por las grandes piedras y titánicas rocas, y voy viendo más hitos que me marcan el camino, también me percato de los impresionantes tajos, riscos y acantilados que hay por esa ruta. Me paro. Vuelvo a echar un vistazo al GPS y también me marca fuera de “track”.

¡Jolín! Ya no sé si es cuestión del margen de error del aparato o qué, pero dudo durante unos instantes. Vuelvo a cruzar el repecho de lado. Apuro el recorrido de ese margen. Efectivamente acabo justo delante de la gigantesca pared de roca. Por un costado de esa enorme piedra, bordeando las otras rocas colindantes, aprecio una especie de sendero, que pasa por el lado, pero se entrecorta por completo en un tramo, y, además, no se ve lo suficientemente plana la base como para poder caminar sobre él. Y, además, según el GPS ese paso estaría completamente fuera de “track”, puesto que el sendero “verdadero” me dice el “cacharro” que está en el otro lado de la colosal piedra, que según mis cálculos, es “IMPOSIBLE” subir por allí.

Y no me queda otra que echar mano de mi instinto. Y mi ‘sentido común’ me chiva esta vez, sin titubeo alguno, que tire hacia el margen derecho, hacia las enormes rocas. ¡Ea! Qué vuelvo a cruzar la pequeña falda de la montaña y me adentro en” los reinos” de los riscos, tajos, acantilados, enormes piedras y gigantescas rocas. En mi vida he escalado roca alguna, ni con cuerdas ni sin cuerdas, ni tan siquiera grandes ni pequeñas. Y, obviamente no estoy acostumbrado a las alturas. Lo único que tengo claro, es que no debo, a costa alguna, mirar hacia abajo.

Voy siguiendo los hitos, el sendero se ve bien, intercalando tierra firme con piedras grandes que ya empiezo a escalar. ¡Vaya! Debo decir, que me sentía más seguro sobre las piedras que sobre el suelo firme, ya que la inclinación del terreno junto a las piedrecillas y arena, me hacía sentir súper inseguro. ¡Vamos! Qué un resbalón y ya estás abajo…

Se me escapan, “sin querer”, un par de miraditas al acantilado. “Se me va un pie y no lo cuento.” Me digo entre dientes. Días después descubro que estoy en el mismísimo "Vasar del Mulhacén". Me paro en un “rellanito” entre piedras y rocas. Miro el GPS. Claramente me marca fuera de “track”. Hago un “zoom” y el “track” me marca al margen izquierda de donde estoy ubicado. Sin mirar hacia abajo, intento seguir los hitos y el sendero del margen derecho. Y no me gusta. Va ya demasiado al borde del precipicio, pero es que, además, no sé adónde va a parar. Mi sentido común me dice que el pico Mulhacén está hacia arriba, hacia lo alto de los riscos y piedras y rocas por dónde estoy. Y es que eso es obvio: lo más alto, lo encontrarás en lo más alto de las alturas, ¿no es así?

Y eso hago; me meto de lleno entre las rocas y piedras qué, a pesar de su tamaño y altura, son buenas de escalar, ya que tienen por dónde agarrarse y están con varias hendiduras para asirlas, por tanto, se dejan trepar con cierta “facilidad”. Ahora ya voy en busca del “track” del recorrido. Trazo una diagonal sobre las enormes rocas y grandes piedras. Me llevo algún susto, pues algunas piedras se me movieron al pisarlas. Avanzo con rapidez y casi que me atrevería a decir que con “diversión”. Parece como un juego de niños: “jugando al escondite entre las rocas de la montaña más alta de la península Ibérica”. Me sorprendo varias veces al ver a un bonito pájaro, grandecito, gordito, redondito, de color marroncito y parece que bastante mansito, ya que apenas se asusta ante mi presencia. Se trata del “Acentor alpino”. Luego, minutos más tarde, comencé a escuchar los graznidos de un cuervo. Lo avisté en una de mis “paradiñas”. “¡Cuánta vida a estas alturas!” Me dije gratamente sorprendido. Si bien, a los cinco minutillos de escalada, ya tenía a una bandada, de unos quince cuervos, tal vez veinte, revoloteando muy “oportunamente” sobre mi cabeza. ¡Joder, joder, joder…! Qué mal rollo me empezaron a dar los dichosos cuervos. Volando en círculos. Graznando con ávida y estrepitosa intención. Y es que claro, me vino a la cabeza que los cuervos son carroñeros. Y al ser yo avistado y avisado por el primer cuervo, seguro, segurísimo, que estarían esperando impacientemente a ver si se me escapaba un pie y, así ellos, tendrían comida para unos días… ¡Malditos cuervos!

Tras unas decenas de metros, afortunadamente, dejo los cuervos atrás. Percibo que el desnivel de pendiente se va suavizando paulatinamente. Los pájaros se han quedado por debajo de mí. ¡Yujuuuu! Me detengo para echar un vistazo al GPS. Sí, sí, en unos metros me uno al “track” que me llevará a tan deseado objetivo que ya lo “huelo” cerca. Escalo un poco más y “¡BINGO!”. Diviso a unos pocos cientos de metros una especie de pequeño monolito alargado y redondo, con unas simetrías tan rectas y tan bien cortadas y tan perfectamente perfectas que, elementalmente, esa obra no es propia de la ingeniería de la naturaleza. Se trata de un pilón, y, a esas alturas y a esas distancias debe ser sin duda el pilón del Mulhacén.

Se me dibuja una enorme sonrisa tanto por dentro como por fuera de mí ser. Doy unos últimos alargamientos de brazos, unos últimos estiramientos de piernas para sobrepasar las últimas rocas y piedras hasta pisar “tierra firme”. Es el sendero del “track” estipulado. Camino ya con energía, con alegría, con determinación y, sobre todo, con gran relajación.
Y me acerco al punto geodésico más alto de la península Ibérica por la parte trasera. 

¡Recorcholis! Esa no es la imagen y cientos de fotos que había visto por Internet del pico Mulhacén a 3479 metros sobre el nivel del mar. Observo unas rocas más bien puntiagudas que acaban en un pedestal adónde se encuentra el pilón. También veo las ruinas de un barracón en el lado izquierdo. Y subo a las piedras que me presentan el pedestal. No sé por qué, pero, lo primero que hago es tocar el pilón del pico del Mulhacén. Luego doy la vuelta y “¡Voilà!”, ahora si que doy con la “postal” del pico Mulhacén. El sendero que se aproxima por la cara sur y que nos presenta una pequeña especie de capilla, un tanto achaparrada, con el pilón erigido justo por encima de ella.

Ahora sí que me hago la foto de rigor, tiene que ser un selfie, pues sigo solito, para inmortalizar tan ‘costoso’ y emocionante momento. Que por ello me imagino que me ha sabido mucho mejor, me ha sabido a auténtica gloria. También quiero una foto por encima de la capilla, junto al pilón, que en realidad es el punto más alto de todos. Ya no queda nada por encima de él. Vuelvo a la parte de atrás e intento subir. ¡Uff! Tengo que levantar bastante la pierna para ayudarme a alcanzar la base del pilón. ¡Auch! Voy con sumo cuidado, ya que tengo avisos de calambres en la pierna. Entonces alargo también un brazo, un pequeño empujoncito, y por fin me encamaro, ahora sí, en el punto más alto de la península Ibérica. Lo primero que hago allá arriba es mirar por la parte por dónde he venido. No obstante, a causa de la fuerte inclinación del terreno y de unas nubes que crecían por los alrededores, apenas vi casi nada. Más tarde miro abajo, justo en la base del pilón adónde hay una placa que me recuerda que estoy pisando el punto geodésico más alto de la península Ibérica. Entonces miro al frente y veo otra ruina de otro barracón, asimismo, en el lado izquierdo del pico más alto de la península. Y entonces sigo con la mirada el sendero, único sendero que llega al pico por la cara sur de la montaña. Y “¡Olé!” me viene como anillo al dedo, porque atisbo una cabeza, de pelo más bien claro, perteneciente a un chico, que va subiendo y jadeando al mismo tiempo y que se aproxima al pico. Miro al horizonte. Observo un enorme valle puro y salvaje, bueno, ya no tan salvaje, porque veo que se va diversificando en múltiples senderos que se dibujan por la tierra en dirección a las profundidades.

“¿Me puedes tirar una foto?” Le digo desde lo más alto de los cielos peninsulares ibéricos al chico que ya ha llegado a la capilla. “¡Eh! ¿Dounde Fouto?” Me inquiere mirando el botoncito del móvil y con acento de duros suspiros y rudo español británico al mismo tiempo. ¡Buah! ¡Cómo mola! Yo allí posando junto a ese “enorme” trofeo conquistado. Y mirad qué no soy de fotos, pero dejé que el “guiri” recobrase el aliento mientras no dejaba de dispararme fotos con el móvil. Le doy las gracias y tras recoger el aparatito, me percato de que van llegando más senderistas, intercalados, al pico Mulhacén. Sí, también son ingleses, bueno, todos excepto uno, que aparte de la pinta japonesa, además se le notaba en el acento.

“¡Oh boy, oh boy, oh Boy…! Objective Accomplished”. Objetivo conseguido. Bien, casi conseguido, ya que jamás hay que olvidarse de la vuelta. El objetivo se cumple cuando llegas sano y salvo a casa. Me siento un ratito para degustar una barrita energética. Luego me tomo un gel de magnesio puro, para intentar prevenir los posibles calambres venideros. Me tomo un buen trago de agua y otro no menos buen trago de isotónico. Echo un vistazo al reloj para calcular las horas que me quedan de Sol. Si no recuerdo mal, creo que me quedaban unas tres horas. Y unos seis kilómetros hasta llegar a “meta”. Y sin olvidarme, de que todavía tenía que pasar por el pico Veleta. Cómo realmente no sabía lo que me esperaba, si bien, según me informó el matrimonio de Maracena, la vuelta y paso por el Veleta era ya por pista, o sea, camino anchito y sin complicaciones. Así que, me levanto, recojo mis enseres y les pregunto a los extranjeros si realmente éste sendero me llevaría directo a la “Hoya de la Mora” el punto de mi partida. Me lo confirman. “Sí, todo recto. No tiene pérdida”. Antes de despedirme, también ellos me piden que le eche unas cuántas fotos. Les tiro desde el pilón y desde la capilla. Vamos, la típica postal del Mulhacén.

Comienzo a descender por el sendero abajo y me confirmo lo que vi desde lo más alto del pico Mulhacén, que hay varias ramificaciones de senderos que bajan hacia el valle. Me detengo. Miro el GPS. ¡Uhm! Parece que no voy mal de tiempo, pero, desde luego, creo que tampoco tengo demasiado margen de horas de Sol de error. Empiezo a pensar que me dejé, a postas, el frontal en el coche. Ya que saliendo a las ocho horas de la mañana, veía tener un día larguísimo por delante. Opté por llevarme una linternita, de leds, por si las moscas. Mientras comprobaba el “track” del GPS con la ruta a tomar, me adelantaron los “guiris”. ¡Anda! Uno de ellos bajaba corriendo. “¡Coñis!” Me encantó la idea. La bajada tampoco era demasiado técnica ni empinada. Autoescaneé las fuerzas de mi cuerpo. Dentro del cansancio, no me veía mal. Así que eché a trotar también senda abajo.

Alcancé a los foráneos, me dejaron pasar y correteé y correteé a lo largo del sendero hasta llegar a la primera planicie y bifurcación de caminos. Me paro. Consulto el GPS. Parece que varias sendas van a parar al mismo lugar, al camino que vislumbro a lo lejos. Miro atrás, hacia la montaña, en busca de los senderistas rezagados. Están algo lejos y no consigo detectar con precisión por qué sendero van descendiendo la montaña. Por tanto, echo a trotar de nuevo por el camino que creo que es el correcto.

¡Vaya, vaya! Resulta que me encuentro bien trotando. Voy bien de respiración y bien de piernas. Me detengo en el “Refugio Vivac de la Caldera”. Me quito las zapatillas para quitarme las piedrecillas que me han entrado. Es lo mejor para evitar rozaduras y posteriores escozores de pies. Veo a las primeras cabras montesas que apenas se espantan de la presencia del hombre. Saco el móvil y les tiro unas cuantas fotos junto al refugio. ¡Uhm! El móvil ya lo tengo bastante bajo de batería. Llevo una batería externa cargada, pero aún así, no conviene malgastar la energía, por qué nunca se sabe. Miro hacia atrás, hacia la montaña del Mulhacén, que ya la veo a lo lejos, y no veo a ninguno de los senderistas. Los he perdido de vista. Bueno, pues me vuelvo a encontrar ‘solito’ ante el mundo. Inconscientemente ya tomo precauciones como la de racionar el agua y, sobre todo, el isotónico, que me queda bien poquito. Vuelvo a hacer cálculo de horas de Sol y distancia restante. Paree que voy más bien justito, pero si no hay contratiempos llegaría justo antes del anochecer. Me queda algo de comida. Tengo pilas medianas para el GPS y “¡Zasca!”, entonces caigo en la duda de qué tipo de pilas utiliza la linterna, ya que hacía tiempo que no la tocaba, y, obviamente, las pilas se van consumiendo con el paso del tiempo. Me vuelvo a parar. Abro la mochila y descubro que la linternita de leds lleva pilas “AAA” o sea, las más pequeñitas. Y de esas no llevo recambio. Llevo varias “AA” e incluso un par de “2032”, de las planas. Pero no de las chiquitinas que llevan los mandos a distancia.

¡Nada, nada! Qué no cunda el pánico… Y me pongo de nuevo en marcha. Pues al fin y al cabo voy bien de tiempo. Continúo trotando en los tramos llanos y bajadas por el camino que, supuestamente, me tiene que llevar hasta el Veleta. En las subidas camino, para ahorrar energías. ¡Joder! Después de las horas que llevo “trasteando” y a esas inusuales alturas, hasta me sorprendo que pueda estar correteando a más de tres mil metros de altura con cierta facilidad.

Empiezo a encontrarme con más cabras montesas a los bordes del camino. A no más de diez metros de distancia. Eso ya es un deber el parar, sacar el móvil y echar una foto a una formidable cabra que, además, está mirando a cámara. En una curva debo decir que me llegué asustar, puesto que me sorprendió una cabra con su cría. Se me quedó mirando fija, con unos enormes ojos marrones, buena cornamenta, a tan sólo unos seis o siete metros de distancia. Gran duda y gran temor el mío al desconocer el comportamiento de este bello y robusto animal. Y, al no saber si iba a reaccionar de una manera defensiva y protectora ante mi presencia para defender a su cría. “¡Buff! Lo que me faltaba. Que me pegue una envestida la cabra y me lastime unas costillas y no pueda respirar bien… A estas altas horas de la tarde…” Me dije algo atemorizado. Y no dudé un segundo; chasqué la lengua varias veces y emití fuertes sonidos repetidamente con el intento de espantar a las magníficas habitantes de las alturas de la hermosa Sierra Nevada. ¡Uff! Y por suerte lo conseguí.

Continúo para adelante al trote, ya que el terreno era favorable. Miro hacia atrás, por si veía a alguien. Pero no. Iba más solo que la una. Bueno, ahora mismo recuerdo que en las “Lagunas de Río Seco”, divisé con grandes dificultades al fondo, justo al lado de la laguna, un par de tiendas de campaña. Si bien, no tenía ni la más remota idea de si estaban habitadas, teniendo en cuenta que Sierra Nevada es un Parque Nacional, y la verdad es que no sé si está permitido acampar adónde uno le plazca. Miro el GPS. ¡Coña! El aparato me dice que voy fuera de “track”, y bastante “pasadillo”. No hay tiempo para errores, así que sin titubear un segundo, vuelvo unos tres cientos metros atrás por el camino hasta encontrar el desvío. Es un sendero que casi va paralelo al camino. Bueno, me indica el GPS que el pico Veleta está a un escaso kilómetro y algo más.

Pero sigo el “track” y súbitamente me doy de bruces con una formidable pared, completamente plana y altísima. “¡Caramba. Esto no debería estar aquí!” Me digo estupefacto. Vuelvo a comprobar el sendero con el “track” del GPS y no tengo equivocación alguna. Sólo hay dos caminos posibles: el sendero por dónde voy, y, el camino que lo tengo en paralelo a unos doscientos metros de distancia. Entonces achico bien los ojos y detecto en la parte más alta del pedazo de piedra una especie de cadenas y como una clase de traza de camino. Después dirijo mi mirada a la otra gran piedra, lateral, que se une con la pared frontal. “¡No puede ser…!” Me digo atónito. Veo, ahora sí, con bastante claridad, que a unos dos metros y medio de altura hay una larga cadena pegada en la roca lateral, para agarrarse con las manos, y un paso supuestamente llano, para poder posar los pies. Si bien, detecto que varios tramos están sueltos, sin paso alguno para poder colocar los pies. Y “¡Zasca!” Me viene a la testa de inmediato, lo de un paso con cadena, dificultoso, que me comentó el matrimonio de Maracena para subir al Veleta.

“¡No way, Jose!” Me digo como dirían los ingleses en un juego de palabras y sonidos. Ahora sí que no me la juego, no me arriesgo lo más mínimo. Ya siento cierta fatiga y cansancio en piernas, cuerpo y mente. Me quedan unas dos horas de luz natural. No sé si me durarán mucho las pilas de la linterna. Así que, como que llevo un par más de “tracks” de rutas fáciles de ida y vuelta al Mulhacén, busco de seguida, las más fáciles en el GPS. ¡Y bendita intuición! ¡Y bendito instinto de supervivencia! Porque ahora sí que sé de que se trata del “Paso de los Guías”. Qué está situado a 3225 metros de altitud. Y qué está especialmente indicado para montañeros expertos.

Y claro, pues las rutas más fáciles, las menos técnicas, son las que siguen fielmente el recorrido de la pista, la del camino, pero, son más largas de distancia. El GPS me da un tiempo de llegada estimado al punto final de unas seis horas y unos siete kilómetros de distancia por recorrer. Según el aparato llegaría sobre las once de la noche. “¡Joooopé! Qué no me salen las cuentas. Ahora sí que me veo en un aprieto…” Me redigo en la testa. Peeeero, seguidamente caigo en la cuenta de que estoy parado, claro, por eso me da tantas horas de estimación de llegada. Por tanto, sin volver a dudar un segundón, me tiro campo a través para alcanzar de nuevo el camino, el ancho, que éste sí me llevaría sin tecnicidades ni triquiñuelas hasta La Hoya de la Mora, el parquin adónde tengo el coche esperándome.

Después de hacer campo a traviesa, qué también tuvo su miga, llego al tan anhelado camino. Me paro. Me bebo los últimos sorbos de isotónico. Me tomo un gel energético, echo un traguito de agua, sólo un poco, por reservar, ya que también me estoy quedando sin agua y echo a trotar por el camino que picaba ligeramente hacia arriba. Conforme voy corriendo, miro atentamente al tiempo de estimación de llegada al punto final del recorrido. El GPS me da casi dos horas. De luz natural calculaba una hora y media aproximadamente. O sea, que si no me fallaban más los cálculos, conté que debería estar con la linterna encendida entre un cuarto de hora o media hora lo más tardar. Más o menos me salían entonces las cuentas, ya que pensando que un cuartillo de hora largo sí que me deberían aguantar las pilas de la linterna.

El valle por el que corro, ya se está quedando sin luz, ya que las sombras de la noche se van adueñando y apoderando sigilosamente de todo el territorio sur de Sierra Nevada. Vuelvo a emprender una subidita. Camino un poco. Al final del camino distingo una pronunciada curva de derechas, en dónde se vislumbra una gran puerta de luz natural. Deben ser los últimos espasmos de la luz solar que se despiden sin contemplaciones ni amargura alguna hasta el próximo amanecer.

Llego a la curva, la doblo y me quedo completamente boquiabierto. Por la luz ante mí. Por el valle que se abre bajo mis pies. Por el contraste de luces de los alrededores. Por la bellísima puesta de Sol, a más de tres mil metros de altura, adónde el único impedimento de que los rayos solares no alcancen mis ojos es la propia curvatura de la Tierra, del globo terráqueo. Por los enormes destellos de los relámpagos y posibles truenos que no llegué a escuchar, pero en la otra parte del valle de la margen derecha, parecían que descargaban en lo hondo de las montañas bajo mi simple y humilde presencia. Estaba tan pasmado, tan atónito, tan fascinado, qué no llegué a pensar en parar de trotar para sacar el móvil de la mochila e inmortalizar tan magníficas delicias que nos otorga la madre naturaleza. Tan sólo me dediqué a disfrutar de lo que acontecía a mi alrededor en esos precisos instantes.

Luego de tan embelesados momentos, volví de pies a la tierra, o mejor dicho al asfalto, ya que comencé a pisar la tan maltrecha carretera que debía de realizar sus últimos curveos hasta el mismo pico Veleta, que no debería andar ya demasiado lejos y, que obviamente, yo no me proponía alcanzar ya. ¡Ups! Y entonces me vinieron en un santiamén los nombres de unos grandes y enormes corredores populares que tengo el placer de conocer, aunque todavía no en persona. Cómo el gran Ares Descalzo, que si no me equivoco ha corrido varias ediciones, descalzo, la mítica subida al Veleta; una carrera de 50 kilómetros y 2700 metros de desnivel positivo. O cómo la mismísima gran portento físico de Bárbara Campos Vizoso. Y, qué decir, del no menos “makinón” de Jose Luis Nortes Villa, vaya par de tres auténticos monstruos de corredores de la calle.

Pues ya sí, que me empiezo a percatar rápidamente de la falta de luz natural, a medida de que sigo trotando y descendiendo por las mismas pistas de esquiar de Sierra Nevada. No obstante, al mismo tiempo, percibo del mismo modo el reconocimiento del sendero, el camino y los consiguientes pasos de carretera que realicé ya de salida a primerita hora de la mañana. Todo ya empieza a sonar familiar. Miro el reloj y el GPS. Me da unos dos kilómetros y medio de distancia y una escasa media horita hasta el punto de salida.

Y es que todo tiene su encanto en esta vida, ya que con la falta de luz empiezo a vislumbrar las luces en el fondo de la montaña de la Hoya de la Mora, el complejo de esquí de Sierra Nevada, Pradollano, algunos pueblos colindantes y al fondo, fondísimo, la gran extensión de la ciudad de Granada.

Y entonces, a los poquitos minutos, sí que me veo obligado a parar y extraer la linternita de leds. ¡Uhm! Parece que emerge una buena intensidad de luz. Creo que me duraría horas. Pero ya casi estoy abajo, me queda un escaso kilómetro. Echo nuevamente a trotar. Ya percibo muy claras las luces del parquin y hoteles y otros edificios de La Hoya de la Mora. Sin embargo también me doy cuenta de que empiezo a estar fatigado. Decido caminar, pues me queda menos de mil metrillos y una buena duración de luz artificial. Y con una ‘miajilla’ de luz natural paso la “Virgen de las Nieves”. Y con enorme oscuridad y satisfacción llego al parquin y punto de partida de la Hoya de la Mora. Allí me espera mi coche, casi solitario, con una fabulosa vista lumínica de la ciudad de Granada. Y así doy por terminada esta fantástica y especial aventura digna de contar.
Hala, hasta la próxima...😃🚶‍♂️💪🗻


Domingo 16 de septiembre de 2018

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